Basura

Vivo en lo que antes se llamaba el Tablazo, en concreto en la esquina de Rodríguez Acosta con Severo Ochoa y todos me desprecian. La gente cuando se acerca a mí arruga la nariz y exclama: uag qué asco, mira qué sucio, uf qué mal huele. Todos pasan de largo, pero yo no tengo la culpa de que la gente eche su basura en mí a cualquier hora o que la eche fuera o la ponga a mi lado, yo no tengo la culpa de que los niños peguen patadas a las bolsas y toda la porquería salga volando. Esta mañana muy temprano me han subido a un camión y me han llevado hasta el río. He podido ver las montañas de cerca y he respirado por primera vez el olor a campo, eso sí, mezclado con la pestilencia que desprendíamos todos los contenedores de basura que allí estábamos. Al rato ha aparecido un muchacho que gritaba: tranquilos, hijos míos, que mamá ya está aquí y os va a dejar como los chorros del oro. Y vaya si nos ha dejado limpios, con su pistola de agua a presión y su desengrasante dale que te pego, el pobre chico, envuelto en una nube tóxica y chapoteando en restos de basura que hervía en gusanos, nos ha arrancado toda la costra de mugre y nos ha quitado ese pestazo que echábamos. De vuelta a mi esquina iba pensando, esa cara me suena de algo, hasta que he caído: coño, pero si es el autor de este relato.

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Agujero

El agujero cogió su maleta, metió en ella bien dobladita su capa negra, pues todo agujero que se precie tiene una capa negra para la ocasión, y se fue a la estación a esperar la llegada del tren que lo habría de llevar hasta su destino. No tuvo que esperar mucho porque cuando se trata de llevar a un agujero a su destino los trenes siempre llegan con adelanto. Por eso al agujero se le hizo muy corta la espera y no le dio tiempo a dibujar todas las cosas que los agujeros dibujan mientras esperan ese tren que los ha de llevar a su destino. El trayecto también se le hizo muy breve pues se trataba de un tren de alta velocidad y además aquella velocidad tan alta le mareaba un poco, con lo cual que no pudo cantar todas las canciones que a un agujero le gusta cantar mientras viaja en tren hacia su destino. Así que sin darse cuenta llegó al final del viaje, el tren se paró, el agujero bajó del vagón y se quedó allí plantado, oyendo alejarse al tren con los ojos clavados en aquel hombre uniformado que tenía delante de él. Por un momento se acordó de los dibujos que no había podido hacer y de las canciones que no le había dado tiempo a cantar y sintió una cierta tristeza pero se le pasó pronto. Luego abrió la maleta, se puso su capa negra y emprendió camino hacia la nuca del hombre sin pensárselo más.

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Caso rechazado

Una pija desaparecida y esa zorra envuelta en pieles llorando lágrimas de cocodrilo por una hija de la que nunca se ha preocupado. Encendí otro cigarrillo y vi pasar a una maricona por los ventanales sucios de cagadas de moscas y grasa del Poseidón. No tenía ni putas ganas de averiguar nada sobre esa niña pero me hacía falta la pasta, debía tres meses de alquiler y el coche parado por no poder cambiar la batería.
—¿Tú qué piensas, Roco? -le pregunté al chapero que desayunaba en la mesa de al lado y al que le había pedido que pusiera la oreja a mi conversación con aquella señorona.
—Huele a mierda, huele a culo y a mierda -contestó Roco mientras se sacaba un trozo de donuts con un palillo de su dentadura podrida. Demasiadas mamadas, pensé, raro que todavía no haya pillado un sidazo.
Cogí la caja de cerillas que la mamá había encontrado en uno de los bolsos de la niña, siempre hay una caja de cerillas en estos casos, y volví a leer: “Cueros” “Privado”. A continuación encendí una cerilla con la brasa de mi cigarrillo y dejé que la caja ardiera en el cenicero. A la mierda el alquiler y a la mierda el coche. Afuera seguía lloviendo a cántaros y otro día más que no iba a salir el sol.

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