Basura

Vivo en lo que antes se llamaba el Tablazo, en concreto en la esquina de Rodríguez Acosta con Severo Ochoa y todos me desprecian. La gente cuando se acerca a mí arruga la nariz y exclama: uag qué asco, mira qué sucio, uf qué mal huele. Todos pasan de largo, pero yo no tengo la culpa de que la gente eche su basura en mí a cualquier hora o que la eche fuera o la ponga a mi lado, yo no tengo la culpa de que los niños peguen patadas a las bolsas y toda la porquería salga volando. Esta mañana muy temprano me han subido a un camión y me han llevado hasta el río. He podido ver las montañas de cerca y he respirado por primera vez el olor a campo, eso sí, mezclado con la pestilencia que desprendíamos todos los contenedores de basura que allí estábamos. Al rato ha aparecido un muchacho que gritaba: tranquilos, hijos míos, que mamá ya está aquí y os va a dejar como los chorros del oro. Y vaya si nos ha dejado limpios, con su pistola de agua a presión y su desengrasante dale que te pego, el pobre chico, envuelto en una nube tóxica y chapoteando en restos de basura que hervía en gusanos, nos ha arrancado toda la costra de mugre y nos ha quitado ese pestazo que echábamos. De vuelta a mi esquina iba pensando, esa cara me suena de algo, hasta que he caído: coño, pero si es el autor de este relato.

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