Fijo que no era el día de la Bestia

Agotadas las ofrendas, la Bestia le reclamó una prenda. El tipo esmirriado y en cueros se rascó la oreja que le picaba desde hacía un rato, mala señal, porque que le picara la oreja era muestra de aburrimiento y el aburrimiento seguro que no era una prenda válida para la Bestia, que se estaba impacientando, ahí sentada en su sillón de cuero, delante de su mesa de caoba negra, en su amplio gabinete de Recaudación de Ofrendas. ¿Por qué no te entretienes un rato con las ofrendas?, le dijo el tipo esmirriado a la Bestia, a lo mejor entretanto se me ocurre algo para no dejarte sin prenda, que mira que eres caprichosa, Bestia. Me puedo morder las uñas y dártelas o sacarme cerumen del oído o, incluso, arrancarme los cuatro pelos que tengo en el pecho y tú te entretienes con ellos, tejiendo y destejiendo un velo como la Penélope del cuento, pero es que, mira, mi autobús sale dentro de un cuarto de hora y no puedo perder más tiempo con estas sandeces, porque tú serás la Bestia y yo un tío esmirriado, pero ayer mismo me merendé a un comercial de jazztel que llamó a la hora de la siesta, lo succioné por el auricular como si sorbiera horchata con una paja y, una vez deglutido, lo devolví a su oficina con una misiva introducida en el orificio que remata el conducto digestivo y por el cual se expele el excremento, que rezaba: ruego borren mi número de teléfono de su base de datos, firmado un tío esmirriado. Y esto no se lo cuento por nada especial, señor o señora Bestia, perdóneme pero es que no sé su género, ni quiero que se lo tome como una amenaza, pero es que solicitarme a mí una prenda, en cueros como estoy, me parece un despropósito, a ver si va a resultar que es usted del género bobo; bueno, y yo ya me marcho que todavía voy a perder el autobús. Hala, ahí se queda. ¡Quieto ahí!, chilló la Bestia con una voz aguda y desagradable impropia de una fiera corrupia como ella, ¡o me da una prenda ahora mismo o le mando a prisión! ¿A prisión?, va, contestó el tipo esmirriado, estoy sin curro y a punto de que me desahucien, así que no es mal plan, al menos tendré techo y comida asegurados. ¡Pues ordenaré que lo lleven al cadalso! Huy, mire como tiemblo, Bestia. Le noto un poco tensa, ¿por qué no se toma el día libre, lleva a sus retoños, las bestezuelas, al parque y se sienta tranquilamente en una terraza con una caña y unas bravas? Hala, ahí se queda, yo ya me voy, que todavía voy a perder el autobús al pueblo y es el último, porque ofrendas recaudará usted muchas, pero el transporte público está fatal, aunque, claro, seguro que usted de eso no sabe nada porque viaja en coche oficial.

Microrrelato el día de la bestia