El criminal

Compréndalo, mi hermano lloraba, yo no, yo ya tenía doce años cuando mi madre se casó por segunda vez, pero mi hermano era más pequeño y lloraba, y el hombre no paraba. Yo me juré que jamás dejaría llorar a un pequeño, conmigo no lloraban, yo los abrazaba y es como si se durmieran, dulcemente, y así se acababa todo el sufrimiento, ya nunca llorarían como mi hermano pequeño, él lloraba, lloraba todo el rato, yo no, yo ya tenía doce años y sabía tragarme las lágrimas. Ya sé lo que me dice, en mi barrio había un cura que tenía una casa de recogida, y donde Cáritas también, conocía a la asistente social, pero eso son sólo parches, retardar el sufrimiento pero el sufrimiento llega, el sufrimiento siempre llega, como cuando mi madre se casó por segunda vez, por eso mejor mis brazos y la cámara frigorífica del trabajo, se quedaban dormidos así, plácidamente, en paz. Qué más da, nunca lo entenderá, para entenderlo hay que sufrirlo, a usted se le nota, buena familia, buen barrio, estudios, usted nunca ha sufrido, aunque viva del sufrimiento de los demás, ¿verdad?, como un buitre, alimentándose de la carroña como un buitre. ¿Que le cuente?, ¿qué le voy a contar?, usted no sabe del sufrimiento, de los niños que lloran, usted no sabe por qué lloran los niños, usted no sabe nada de nada, y ahora usted cree que tiene al monstruo delante,que va a poder ver al monstruo, pero el monstruo está en usted que no sabe del sufrimiento, que no se da cuenta de que los niños lloran, que no paran de llorar. Yo hablaba con ellos, les decía seremos muy buenos amigos y ellos me miraban, me miraban con esos ojos color de miel que tienen los niños que sufren y al principio no se fiaban, pero luego sonreían, al decirles lo de los helados sonreían y yo cerraba la puerta de la cámara y los abrazaba y los acunaba en mis brazos y les decía que era por su bien, que ya nunca más sufrirían y allí, en mis brazos, dulcemente, se dormían para siempre.

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