La escritora

Calienta la imaginación, afila la lengua, desenfunda el boli y se deja ir hacia las azules costas de la infancia, hacia el verde mar plagado de quimeras de sus años de juventud, hacia los rocosos acantilados de los miedos; se adentra en la cueva de sus más inconfesables obsesiones; deambula por oscuras callejuelas por las que vagan estrafalarios personajes; se pierde en el bosque encantado de los objetos cotidianos; contempla la tormenta eléctrica de sus intuiciones más certeras; se deja arrastrar al pozo sin fondo de los aromas clavados para siempre en su memoria; vuela en cielos por los que cabalgan indómitos caballos negros; se detiene en plazas en las que las farolas conversan con las papeleras; se hunde en el cenicero de los sueños espachurrados como colillas por el tiempo; pasea entre doradas dunas por las que caminan los muertos que la alumbran; se recrea en los huertos de palabras que crecen sin trampa; se embarca en sus más íntimas fantasías; se deja acompañar de sus fantasmas; se baña en un lago de lágrimas cristalizadas; retoza en dementes carcajadas; se tumba entre las virutas del tiempo acumuladas en la carpintería de los días; se encierra en un armario lleno de cajas vacías; pasea por jardines de músicas jamás escuchadas; entra en tugurios para respirar el humo de la vida; rehúye el pantano de las certezas y se baña en la cascada de las dudas. Y luego, poco a poco, regresa, siendo otra.

Microrrelato la escritora