El actor

Disfrazaba el cuerpo para desnudar su alma, sumaba personajes que eclipsaran al gran bocazas, ese pequeño yo de sombra desmesurada al que no aguantaba. Había sido bailarina que danzaba en el aire sin alas; había sido ermitaño en cueva callada; niño andino de piedra; nómada de un desierto cualquiera; viejo de mirada traviesa; había sido un granuja, un payaso, un idiota, mujer recién fecundada, diosa, guerrera y una puta morbosa; había sido suicida, canalla, un alma candorosa y una mala persona; había sido un vagabundo loco, un chatarrero y uno de la bofia; había sido millonario, guaperas y un señor de derechas como Dios manda; eso fue después de ser un rasta fumador empedernido de marihuana; también había sido fantasma y un bala perdida y una marioneta, comodín de la baraja y tantas otras cosas. Y así pensaba continuar hasta lograr olvidarse de quién era.

Disparador de escritura

Como esta semana la entrada sobre escritura creativa va de listas, ahí va una más al hilo de este microrrelato de “El actor”: Haz una lista con todos los personajes que llevas ahí dentro y que has sido o te hubiera gustado ser y después vete escribiendo sobre ellos. También puedes hacer una lista con esos personajes que odias o detestas, que también andarán cerca, y haz lo mismo escribe sobre ellos. Tanto lo que amas como lo que detestas dispara una energía potente que el escritor debe saber utilizar.

Microrrelato El actor

Amor eterno

Cuando ella lo lanzó al abismo, pues como que se hizo mierda, porque si tiras a alguien al abismo, lo normal es que se haga papilla. Y no es que ella fuera mala, simplemente le había dado un pronto y lo había lanzado al abismo, aunque acto seguido, todo hay que decirlo, ya estaba arrepentida. Pero ya era tarde, con el novio ahí abajo, espachurrado, hecho un guiñapo, sangrando por todos los agujeros de su cuerpo y alguno más que se había hecho con tan tremenda caída. Lo que no se esperaba la defenestradora era que su novio, así como estaba, todo descuajeringado y con media cara nada más, porque la otra media era una masa amorfa y sanguinolenta, producto de su percusión con el suelo del abismo, se iba a levantar con esa sonrisilla que a ella tanto le sacaba de quicio y le iba a decir, pues no me ha dolido nada, guapa, para que te enteres, y a continuación se había tocado los huevos o, mejor dicho, el huevo que le quedaba, porque el otro había explotado por la brutalidad del impacto, no con la intención de dedicarle un gesto obsceno a su novia, sino simplemente para colocárselo, pero a ella, aquello le había vuelto a poner frenética, porque vale que no había querido lanzarlo al abismo, que había sido un arranque, pero que él le sonriera y se tocara el huevo que le quedaba, le cabreó mucho y se lanzó al abismo de cabeza y en picado para rematarlo. Su novio, viendo lo que se le venía encima, hizo todo lo posible para recogerla en sus brazos y que no se hiciera daño, pero no atinó porque andaba algo aturdido con el batacazo y ella se dio una hostia que no te quiero ni contar, y él se acercó a rastras hasta ella que sangraba por todos los agujeros de su cuerpo y alguno más que se había hecho con semejante trompazo y él le hizo el boca a boca, aunque a ella de boca le quedaba más bien poca, un par de dientes y medio labio colgando, pero aquel gesto de amor de su novio la enterneció y se reconciliaron y se juraron amor eterno, aunque duró muy poco, porque al instante siguiente ya estaban muertos.

Microrrelato Amor eterno

Capeando el temporal

Estaba a punto de zozobrar y solo pudo asirse a su boli y escribió: “chinchetas y pies descalzos, persianas entornadas a la hora de la siesta, nubes cargadas de carcajadas, calle asfaltada de un mediodía de metal, angosta escalera de caracol”, y a punto estaba de escribir domador, pero el boli soltó un borrón, y siguió escribiendo “peladura de naranja, armónica arrastrada, disfraz, chapa aplastada, cristal roto, periódico enlodado, desconchado en la mirada, magulladura en el alma, rasguño olvidado, farola fundida, niños que vuelan, noches achacosas, voces que reposan, tierna desolación, tardes enredaderas, tejados de nieve, gatos con sombreros, señoras superfluas, turbulenta despensa, sartén esquizofrénica, una sardina a la hora de la siesta, un político con la bragueta abierta, ninguno, uno, voz insumergible, mar de preguntas, ascensor tuberculoso, mulo cargado de humo, zumo del suburbio, catalizador disturbio, asunto turbio, una escoba, una escopeta, quieres cuerda, toma reloj de pulsera, engañosa cadena, reseña de una guerra cualquiera, la seta, un peta, la zeta más cierta, el aire que sale y que entra, nervioso armamento, sinsentido con sonido, volando voy, volando vengo, volado estoy, melocotón de amor, un lío el número dos, le doy un tiento al jamón, me regalo un trago de ron, depende de mí mismo y del ratón que se zampó el queso, palabras, palabras que me tocan con su varita mágica, caca de chucho, cristal arrugado, te achucho, ahí va”. Y los vientos no se calmaron, pero escribiendo le había desaparecido ese miedo que le hacía zozobrar.

Disparador de escritura: Venga, anímate y déjate llevar a la deriva por las palabras que te vayan llegando justo en este momento.

Microrrelato capeando el temporal