No es nada personal

Tenía pinta de abuelete sabio y bonachón. Delgado, el pelo canoso y una señorial barba blanca, los ojillos vivarachos de ratón y un traje impecable pero como de otro tiempo. Se dirigió a la puerta de su estudio y la abrió justo en el mismo momento en que la mujer iba a presionar el timbre con su dedo. Pase, pase, le dijo en tono afectuoso. El estudio estaba en un ático de doscientos metros cuadrados muy iluminado desde el que se podía ver el parque del Buen Retiro y la Puerta de Alcalá. La mujer, una prestigiosa galerista de Munich, rechazó el té con cardamomo que el viejecito le acababa de ofrecer: no dispongo de mucho tiempo, podemos empezar cuando usted desee. El viejo fue apartando con cuidado los paños que cubrían los cuadros, la mujer sacó una pitillera plateada, encendió un cigarrillo y echó una rápida ojeada a los cuadros, de vez en cuando se paraba delante de alguno, dejaba que su peso descansara sobre su pierna izquierda, luego sobre la derecha, daba una calada al cigarrillo y continuaba. Los cuadros eran inmensos, llegaban del techo al suelo y el más pequeño tendría unos tres metros de ancho. En las telas: escenas selváticas con plantas descomunales de colores imposibles y animales increíbles acechando entre la manigua. Demasiado naif, pensó la mujer, pero se abstuvo de decir nada por no herir la sensibilidad del artista, no fuera a tomárselo como algo personal. Me temo que va a ser difícil, dijo al cabo de un rato mientras buscaba inútilmente un cenicero donde echar la ceniza del cigarro que era en realidad lo que más le preocupaba en ese momento, y añadió: mis compradores buscan algo diferente. ¿Diferente?, se interesó el viejillo. Sí, diferente, algo más, cómo le diría yo, más cibernético y desestructurado, algo más borroso. ¿Más borroso?, ah, comentó el abuelo acercándose a la mujer, permítame, le dijo mientras cogía la colilla que la mujer mantenía incómoda entre sus dedos índice y pulgar a la vez que le daba un empellón en la espalda hacia el cuadro que tenía delante. La mujer dio un traspié y cayó sobre el cuadro, mejor dicho, entró en el cuadro, se coló literalmente dentro de él. Con cara de espanto la señora hacía aspavientos y gritaba, pero fuera del cuadro no se oía nada, tan sólo se veía una figura que se iba perdiendo en la espesura. El viejo sonreía como un ratón mientras aquellos animales mitad mitológicos mitad reales iban rodeando acechadores a la mujer. Lo siento, señora, no es nada personal pero tengo que alimentar a mis cuadros.

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no es nada personal

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