Octubre

Mis pies pisan de nuevo la arena de Burriana. Me obligo a caminar lentamente, dejo que mi cuerpo se hunda en cada pisada, noto las piedrecitas que se me clavan en las plantas. No pienses, me digo. Trato sólo de sentir la arena, el agua del mar en mis tobillos, el sol declinando a mi espalda, el salitre entrándome hasta la garganta. Octubre, otra vez la playa. Se acabó el verano: los turistas, las sombrillas y toallas, el olor a cremas y las dichosas palitas en la orilla, los horteras de las motos acuáticas y los papás con cámaras de vídeo enfocando siempre hacia otro lado, aquí, Mariano, aquí. Otra vez la playa, sola, para mí, para ser paseada. Los pescadores entre sus barcas preparan las redes para mañana, esos viejos pescadores que nunca levantan la mirada hacia los que pasamos por la playa pero a los que no se les escapa nada. La luz morada sobre la Cuesta del Cielo extendiéndose hasta Maro y sus acantilados, el mar que parece cerámica esmaltada, sus aguas quietas como un espejo en el que se mira nuestra alma. Las gaviotas recuperan su territorio, los gatos buscan restos de pescado entre las barcas, un perro canijo les ladra, los gatos lo miran como miran los gatos de Burriana, como si no les importara nada.

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octubre

 

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