París – Dakar

Es increíble, pensó Jaume Pont, el equipo de rescate debería estar ya aquí. Sentado en la arena propinó una patada a su moto semienterrada, como si ella fuera la culpable de que él hubiera extraviado los mapas y se hubiese perdido en mitad del desierto. Habían transcurrido cuarenta y ocho horas, quizá setenta y dos, pensó, desde que se había quedado sin gasolina. No le quedaba comida y hacía tiempo que había tirado lejos la cantimplora vacía para no pensar en el agua, cuando por encima de una duna vio moverse algo. Al principio era un pequeño punto, poco a poco la figura de un hombre montado sobre un camello se hizo más clara. El tuareg llegó hasta donde se encontraba Jaume, éste le miró a los ojos, pero los ojos del hombre del desierto no expresaron nada. Miró luego al animal y creyó captar en él una sonrisa burlona. Intentó decir algo pero tenía la boca demasiado reseca y no podía despegar los labios. Quiso ponerse en pie cuando observó que el tuareg, montado sobre su camello, se dirigía hacia él, pero las fuerzas le fallaron. Un paso más y el animal le aplastaría. Contuvo la respiración y supo que estaba muerto cuando hombre y animal le atravesaron como un sueño. Hacía mucho tiempo que los vehículos movidos por petróleo habían dejado de funcionar y los camellos seguían atravesando los desiertos sonriendo a los fantasmas.

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París - Dakar

El criminal

Compréndalo, mi hermano lloraba, yo no, yo ya tenía doce años cuando mi madre se casó por segunda vez, pero mi hermano era más pequeño y lloraba, y el hombre no paraba. Yo me juré que jamás dejaría llorar a un pequeño, conmigo no lloraban, yo los abrazaba y es como si se durmieran, dulcemente, y así se acababa todo el sufrimiento, ya nunca llorarían como mi hermano pequeño, él lloraba, lloraba todo el rato, yo no, yo ya tenía doce años y sabía tragarme las lágrimas. Ya sé lo que me dice, en mi barrio había un cura que tenía una casa de recogida, y donde Cáritas también, conocía a la asistente social, pero eso son sólo parches, retardar el sufrimiento pero el sufrimiento llega, el sufrimiento siempre llega, como cuando mi madre se casó por segunda vez, por eso mejor mis brazos y la cámara frigorífica del trabajo, se quedaban dormidos así, plácidamente, en paz. Qué más da, nunca lo entenderá, para entenderlo hay que sufrirlo, a usted se le nota, buena familia, buen barrio, estudios, usted nunca ha sufrido, aunque viva del sufrimiento de los demás, ¿verdad?, como un buitre, alimentándose de la carroña como un buitre. ¿Que le cuente?, ¿qué le voy a contar?, usted no sabe del sufrimiento, de los niños que lloran, usted no sabe por qué lloran los niños, usted no sabe nada de nada, y ahora usted cree que tiene al monstruo delante,que va a poder ver al monstruo, pero el monstruo está en usted que no sabe del sufrimiento, que no se da cuenta de que los niños lloran, que no paran de llorar. Yo hablaba con ellos, les decía seremos muy buenos amigos y ellos me miraban, me miraban con esos ojos color de miel que tienen los niños que sufren y al principio no se fiaban, pero luego sonreían, al decirles lo de los helados sonreían y yo cerraba la puerta de la cámara y los abrazaba y los acunaba en mis brazos y les decía que era por su bien, que ya nunca más sufrirían y allí, en mis brazos, dulcemente, se dormían para siempre.

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el criminal

Misiva de amor del vampiro

Qué quieres, querida, si me gusta comerte esa regla que tanto te disgusta. Fantasías de vampiro y tu sangre en mis labios como vino rojo. Qué quieres, si cada coágulo tuyo es una fresa madura deshaciéndose en mi boca. Esta noche, mi amor, llegaré hasta ti para cenarte. Licúate para mí, sacia esta sed mía tan sedienta. Qué quieres que te diga, amada mía, si estoy deseando que te llegue la menstrua y me sueño tampón y me sueño compresa.

Sangrientamente tuyo, V.

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misiva de amor del vampiro