La certeza del funámbulo

Sopeso la pértiga en mis manos, muevo los dedos del pie derecho dentro de la zapatilla ajustada, acerco el pie al alambre, lo rozo, lo acaricio como pidiéndole permiso, como se acaricia por primera vez la piel de una mujer. Son los gestos inconscientes, las viejas manías, recuerdo que lo hice la primera vez que trepé hasta el alambre, cuando mi madre me estaba enseñando y desde entonces cada vez que he subido hasta aquí he empezado con este rito, con esta conversación en la que en silencio le pido permiso al aire, el suave roce de mi pie derecho y el oído aguzado, siempre lo mismo, esperando escuchar la contestación del alambre, una señal, una advertencia, hoy no lo hagas o, tranquilo, puedes atravesarme, me estaré quieto; pero del alambre, como de la vida cuando le pregunto, sólo recibo la callada por respuesta. Y en mitad de ese silencio, que no está fuera, que está dentro, pongo el pie sobre el alambre y doy el primer paso. Lo peor, lo más difícil siempre es abandonar la seguridad de la plataforma, quedar suspendido en el vacío con ese filo que se clava en la planta de mis pies por todo suelo, y después la respiración que es el equilibrio, no mirar nunca hacia abajo, sentir que la pértiga son alas, controlar el miedo, ese compañero fiel que siempre me acompaña, pero hoy siento algo extraño, algo que nunca antes había sentido, hay una atracción de abismos, tranquilo, me digo, no des otro paso hasta haber recuperado el centro, tu sitio, así, tranquilo. Cierro los ojos, respiro, puedo oler el miedo, el mío y el de toda esa gente allá abajo, estoy en mitad del alambre. Sin saber por qué me deshago de la pértiga, oigo un grito que sale de todas las gargantas al unísono, luego la gente aplaude, creen que reto al vacío pero solo me reto a mí mismo, y no es un desafío, pero únicamente en el riesgo me siento vivo. Sigo caminando por la cuerda floja, sin embargo ya no noto el alambre como una cuchilla que se me clava en los pies, acepto este ansia de vuelo que siempre me ha latido en el pecho y me dejo ir en esta querencia con la certeza de que solo desde el fondo de mi miedo puedo llegar a tocar el cielo con las manos.

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La certeza del funámbulo

Uri, el Suizo

Harto de errancia y de muerte, habiendo recorrido todos los caminos, habiendo servido bajo todas las banderas y habiendo luchado en todas las guerras de la vieja Europa, lejos de las montañas de su infancia, con un inmenso deseo de vacío y olvido en su alma, Uri, apodado en los Tercios el Suizo, llegó a tierras del sur de España, protegidas por Dios de la mano del hombre, de pura casualidad. Lejos por fin de los deseos y las pasiones pudo descansar de tanta insensata guerra. Una choza de barro al lado de las chumberas y un horizonte azul surcado por barcos que no osaban acercarse a unos acantilados a los que sólo llegaban los restos de todos los naufragios y en los que Uri vivía retirado de toda empresa. Nada que hacer salvo ir desprendiéndose de los fantasmas que todavía lo habitaban y que durante mucho tiempo falsamente creyó que conformaban su vida; nada que hacer sino volverse piedra inerte de esos riscos que besaban el mar, catedral de sonidos, brisas que le acariciaban el alma y olas que rompían mansamente en noches sin luna de estío. Su pelo, en otro tiempo rubio y enmarañado, se había vuelto ralo y cano, la barba le había crecido y Uri había encontrado al Dios del que tanto había blasfemado y contra el que había vivido en el olor dulzón del chiringo. Guardaba su espada como único recuerdo de un pasado que dudaba hubiera sido el suyo y la guardaba para impedir, incluso con la muerte si fuera necesario, cualquier cercanía de lo humano a ese silencio que le había devuelto la paz.

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Uri, el Suizo

La declaración

De hoy no pasa, se dijo con resolución. Atravesó la oficina con paso firme, la mirada fija en ella allá en su mesa del rincón. A mitad de camino se abrió la puerta del gerente y le dio de lleno en las narices, todos miraron, algunos contuvieron la risa, ella también miró, él continuó con un paso menos firme y un porte más tambaleante, al llegar a la mesa del rincón se inclinó un poco y clavó su mirada en los ojos de ella, una gota de sangre de su nariz cayó sobre el documento que acababa de imprimir, joder, dijo ella, él sintió sus piernas flaquear, buscó un apoyo y golpeó sin querer la taza del café derramándoselo sobre la falda, quiso apresurarse a limpiarlo y en su azoramiento se enganchó con los cables del ordenador, trastabilló, metió el pie en la papelera y cayó sobre ella, juntos rodaron por el suelo con silla y todo. En distancia tan corta él solo podía aferrarse a la verdad pero las palabras se atropellaron en su boca: loquito quedamos por cenar tus huesos. Ella sonrió y… dónde me vas a llevar a cenar.

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