Poema esdrújulo

Hoy estoy lúgubre,
tirando a fúnebre,
de lo más tétrico
y muy hermético.
Perdí a mi ballena
en la bañera
y la primavera
se heló en mi nevera.
Busco en el ático
un sueño galáctico,
pero me encuentro
un calabozo gótico.
He aquí un arranque mágico,
puede parecer trágico,
pero es de lo más cómico,
pues la palabra esdrújula
es una buena brújula
para mi verso errático
cuando se arranca al cántico.
Ahora espanto al pánico
y monto en el psiquiátrico
un fiestón modélico
con mucho sexo tántrico.
Bebo de ese tónico,
me pongo eufórico
y mi espíritu indómito
vuelve a danzar pletórico.
Y si esto que escribo,
te parece ilógico,
¿qué me dices, amigo,
de un discurso político,
de un problema económico,
de un tochazo científico
o de un sermón teológico?
Eso sí que es problemático,
un gran melón dramático
que me deja espástico
de un cólico lunático.

poema esdrújulo

A la hora de escribir, de Bioy Casares

“A la hora de escribir”, de Bioy Casares, editado por Tusquets, es un libro en el que se recogen los diálogos mantenidos por Bioy Casares, gran escritor argentino y amigo íntimo de Borges, con los integrantes de un taller literario en tres sesiones celebradas en 1984, 1987 y 1988.
A lo largo del libro, el autor de la “La invención de Morel” nos habla de su decisión de escribir, del oficio de escritor, de la materia y la forma de la ficción, así como de sus preferencias literarias, sus memorias y sus amistades.
Yo le aconsejaría a la gente que escriba –nos dice Bioy–, porque es como agregar un cuarto a la casa de la vida“. Y añade: “La literatura no es una imposición, es un placer”.
Nos recuerda que el escritor debe ser un eterno aprendiz: “Mientras no pare de vivir no pararé de aprender las cosas de mi oficio”.
Cuando le preguntan de dónde nacen sus historias, contesta: “No sabe uno por qué, de pronto… Estoy afeitándome o caminando o despertando de la siesta y veo de pronto algo que me hace decir: aquí hay una historia”. Eso sí, nos advierte: “Si escribo poco, se me ocurren menos historias que si escribo mucho”. Así, que amigo, hay que estar en el tajo.
“Porque para escribir bien –dice Bioy– hay que escribir mucho, hay que pensar, hay que imaginar, hay que leer en voz alta lo que uno escribe, hay que acertar, hay que equivocarse, hay que corregir las equivocaciones, hay que descartar lo que sale mal”.
“Nadie tiene recetas para escribir bien” afirma con toda honestidad. “Lo que pasa es que escribir se parece a cocinar (…). A lo mejor escribir bien consiste en saber, en todo momento de la composición, cuál es la cantidad suficiente”.
También nos confiesa: “Hay tanta gente que escribe para lucirse… Yo empecé escribiendo así y fracasé hasta el día que olvidé esas pretensiones”.
Sé tú mismo es una máxima en la vida y en la escritura, fácil de entender, difícil de llevar a cabo. “A los que buscan originalidad habría que decirles que buscarla es una manera poco sutil de lograrla, ya que para conseguirla les bastaría con ser ellos mismos”.
Y, claro, también nos habla de aspectos más “técnicos” como las unidades de tiempo, de lugar y de acción de una historia; de los personajes, de los diálogos, de la distinción entre lo verdadero y lo verosímil, del lenguaje, “las palabras más simples son las mejores” o nos recuerda que lo ideal es comenzar en medio del asunto, en pleno follón para atrapar al lector desde la primera frase.
“A la hora de escribir”, de Bioy Casares, un libro repleto de sugerencias que te serán de gran utilidad. Que lo disfrutes.

A la hora de escribir, de Bioy Casares

La sopa

Corría el tipo la bajo la lluvia con un paraguas roto, el agua le había calado hasta los huesos y terminó hecho una sopa, es una metáfora, claro, pero cuando entró en el Mercadona, con la única intención de guarecerse del chaparrón, se cruzó con una dependienta que no entendía de metáforas y que rápidamente lo colocó en la estantería de los caldos y las sopas. Llegó una rubia despampanante y lo echó al carro, solo costaba un euro veinte y cualquier rubia despampanante posee esa fortuna y más. Ya en casa, lo vertió sobre una cazuela de aluminio, diseño ikea, de esas que utilizan las rubias despampanantes y media humanidad. Encendió la vitrocerámica, porque las rubias despampanantes tienen vitrocerámica y no esas cocinas horteras de gas, y lo colocó allí, a fuego lento, para que se fuera calentando, mientras ella se desnudaba y se ponía cómoda, pero resultona, como se ponen las rubias despampanantes para esta por casa. Cuando estaba hirviendo, lo echó en un bol, porque las rubias despampanantes utilizan boles, no cuencos ni tazones, por dios, eso sí, diseño de ikea, que son los que utilizan las rubias despampanantes y media humanidad. Él estaba borboteando cuando ella acercó su naricilla de rubia despampanante al bol y exclamó ¡hummm!, qué rico huele este consomé de pollo, y es que las rubias despampanantes toman consomés, no sopas ni caldos. A continuación, metió la cuchara en el bol, se la llevó a la boca y tragó como tragan las rubias despampanantes lo que haya que tragar, ¡hummm!, delicioso. Él no se podía creer que estuviera ahí, en la boca perfecta de una rubia despampanante, y solo esófago abajo empezó a tomar conciencia, por primera vez, de su destino final, esa cámara de los horrores donde ardería hasta desaparecer corroído por los jugos gástricos de la rubia despampanante, que eran igual de corrosivos que los del resto de la humanidad. Aunque se consoló pensando que, aun hecho mierda, y esto no es una metáfora, por fin iba a poder contemplar de cerca el apetitoso culo de una rubia despampanante.

Microrrelato sopa