El oficio de escritor, de Ana Ayuso

El oficio de escritor“, de Ana Ayuso, de Ediciones Fuentetaja, es una selección de textos de de los más importantes escritores sobre su práctica literaria.
La nómina es larga: Conrad, Durrell, Monterroso, Carver, Hammett, Gardner, Rilke, Goytisolo, Vizinezey, Gorki, Kerouac, Barthes, Arlt, Yourcenar, Hamingway, Bioy Casares, Flaubert, Kafka, Borges, Vargas Llosa, Joyce, Simenon, Sampedro, Duras, Woolf, Pessoa, Onetti, Steinbeck, Nabokov, García Márquez, Bradbury, Morrison, Capote, Martín Gaite, Faulkner, Rulfo, Highsmith, Costeau, Bernhard y Proust. Ahí es na.
El resultado, un libro que no solo es un placer leer, sino que además constituye una útil herramienta para cualquiera que esté en el camino de la escritura creativa.
La experiencia de los que nos procedieron siempre es de gran ayuda para afrontar los escollos que nos vamos encontrando. Te aseguro que te ahorrará mucho tiempo y te servirá para afinar tu puntería creativa.
El libro está dividido en cinco capítulos y a lo largo de sus páginas irás descubriendo qué es lo que les llevó a escribir, lo que todos deben a su infancia, de dónde nacen sus historias, en qué consiste el proceso creativo, por qué les gusta y nos gusta jugar a ser otros, qué, es la inspiración, cómo vivir la soledad y la angustia al escribir, entre otros muchos aspectos de la escritura.
Tranquilo, nada de teorías literarias y sí mucho de la práctica de la escritura es lo que te vas a encontrar en este libro ameno, divertido y útil, muy útil.

Y para acabar, te dejo con Truman Capote que nos cuenta con su habitual desparpajo su infancia en Nueva Orleans:

«(…) mi infancia transcurrió en regiones del país y entre personas que carecían de toda actitud cultural (…) naturalmente en este medio, yo era considerado un tanto excéntrico, lo cual era bastante justo, y además estúpido, lo cual resentía adecuadamente. Con todo despreciaba la escuela (…) y año tras año suspendía las materias más sencillas, por pura aversión y fastidio. Faltaba a clase cuando menos dos veces a la semana y a cada rato me escapaba de casa. Una vez me fugué con una amiga que vivía en la casa de enfrente: una muchacha mucho mayor que yo que posteriormente alcanzó cierta fama porque asesinó a media docena e personas y fue electrocutada en Sing Sing. La llamaron “La Asesina Corazones Solitarios” (…) finalmente, cuando tenía unos doce años, si no recuerdo mal, el director de la escuela a la que asistía visitó a mi familia y le dijo que en su opinión y en la de los demás maestros yo era “subnormal”. Aparte de lo que hayan pensado en su fuero interno, mis parientes se dieron oficialmente por ofendidos, y en un esfuerzo por probar que yo no era subnormal, me mandaron sin pérdida de tiempo a una escuela de estudios psicoanalíticos en una universidad del este, donde me examinaron el coeficiente de inteligencia (…) regresé a casa proclamado genio por la ciencia. No sé quién se sintió más abrumado, si mis antiguos maestros, que se negaron a creerlo, o mis parientes, que no quisieron creerlo: todo lo que querían que les dijeran era que yo era un simpático muchachito normal. ¡Ja, ja!»

El oficio de escritor

 

Maquinaria educativa

Caen desesperadas multiplicaciones sobre pupitres carcomidos por un aburrimiento inmenso. La voz que enseña se pierde entre calcetines sudorosos y bostezos. La pizarra querría viajar lejos, a una isla paradisíaca para tumbarse al sol y tomarse una piña colada. Hay en el aula niños con alas cortadas y una caja de cartón en la cabeza. Nadie recuerda cómo llegó hasta allí, ni los niños ni la pizarra ni esa voz que olvidó hace mucho lo que enseñaba. Tal vez si alguien abriera una rendija, piensa el viejo mapa con olor a moho, entraría un poco de aire fresco entre tanto polvo de tiza y se agitarían las perchas vacías de futuro de las que cuelgan abrigos como espantapájaros. Pero nadie se atreve con el cascabel y mucho menos con el gato. Preferimos la ceniza de los días y seguir girando en la absurda noria. Bueno, Leo no lo prefiere, él dibuja nubes y cabalga en ellas hasta remotos territorios que no aparecen en los mapas y en los que todavía es posible correr una aventura.

Microrrelato maquinaria educativa

Escritura creativa 6 (Cuidado con el censor interno)

Sugerencias

Algunos de los principales obstáculos a los que nos enfrentamos cuando escribimos no son de orden técnico.
Ocurre, por ejemplo, con esa voz que escuchamos dentro de nosotros y que dice cosas como: ¿pero qué vas a escribir tú?, ¿qué vas a decir que no esté dicho?; ¡cuidado!, de eso no se habla; vamos, dedícate a algo más provechoso, tú no vales para esto, etc., etc.
No te preocupes, nos ocurre a todos. Se trata del censor interno, el controlador o, como yo le llamo, el aguafiestas, ese personaje que subido a nuestra chepa nos susurra o nos grita a la oreja toda clase de aseveraciones con el fin de desanimarnos.
Es un tipo pesado y cenizo que repite machaconamente sus argumentos para desmoralizarnos y hacer que tiremos la toalla.
Un buen truco es dejarle hablar, su discurso negativo te cansará pronto y de paso lo conocerás. De esa manera podrás estar alerta ante su aparición y aparcarlo fácilmente para que no te dé la monserga.
Ojo, no confundas a este muermo del aguafiestas con el corrector que todo creador lleva dentro y que será el encargado de revisar, corregir, tachar y pulir tus escritos hasta dejarlos lo más redondos y perfectos que puedas cuando entres en esa segunda fase de la escritura en la que se trata de terminar un borrador.
Otro de los problemas que solemos tener los que escribimos es la lucha entre la disciplina y la pereza y que nos lleva a encontrar todo tipo de justificaciones para no ponernos a escribir.
En esos casos es conveniente buscar un sistema eficaz para comenzar a escribir, para encender el motor. Aunque lo mejor es no complicar las cosas sencillas: cuando quieras escribir, escribe.
Que te cuesta, prueba a: comprometerte con alguien a pasarle tu escrito y que esa persona lo lea y te lo comente, si es eso lo que quieres; ponerte un horario, aunque sean diez minutos o media hora al día; escribir cuando no sueles hacerlo, por ejemplo, nada más levantarte; prueba a escribir y luego regálate con lo que más te guste, un paseo, un pastel, un rato de música, etc.; márcate una tarea a la semana o al mes y hazla, que no te importe la calidad, solo cumple con el compromiso que has adquirido contigo mismo.

Disparadores de escritura

  1. Convierte a tu censor interno, a tu controlador, en un personaje, mira cómo viste, dónde está, qué hace y qué dice, invítale a un café y hazle hablar.
  2. Algunas ideas para escribir cuando uno está en blanco, bloqueado:
    1. Comienza por la frase de un libro abierto al azar.
    2. Comienza por una frase que has escuchado en la calle.
    3. Forma palabras con las letras de otra palabra cualquiera y escribe a partir de ahí.
    4. Pide a alguien que te escriba cualquier tontería en tu cuaderno y escribe a partir de eso.
    5. Forma parejas de palabras bien contrastadas y ponlas en relación, lo que Gianni Rodari llamó “Binomio fantástico” en su libro “Gramática de la fantasía”.
    6. Haz collages de palabras y escribe a partir de ellos. En cualquier momento puede aparecer una historia, un personaje, una chispa desencadenante.
    7. Tira una palabra sobre el papel y asocia todo lo que se te ocurra asociar con esa palabra. A esto lo llamó Gianni Rodari “La palabra en el estanque”.
    8. Abre una carpeta de imágenes y vete metiendo las que te vayan tocado por lo que sea. Utilízalas para escribir cuando no sepas por dónde empezar.

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