Maquinaria educativa

Caen desesperadas multiplicaciones sobre pupitres carcomidos por un aburrimiento inmenso. La voz que enseña se pierde entre calcetines sudorosos y bostezos. La pizarra querría viajar lejos, a una isla paradisíaca para tumbarse al sol y tomarse una piña colada. Hay en el aula niños con alas cortadas y una caja de cartón en la cabeza. Nadie recuerda cómo llegó hasta allí, ni los niños ni la pizarra ni esa voz que olvidó hace mucho lo que enseñaba. Tal vez si alguien abriera una rendija, piensa el viejo mapa con olor a moho, entraría un poco de aire fresco entre tanto polvo de tiza y se agitarían las perchas vacías de futuro de las que cuelgan abrigos como espantapájaros. Pero nadie se atreve con el cascabel y mucho menos con el gato. Preferimos la ceniza de los días y seguir girando en la absurda noria. Bueno, Leo no lo prefiere, él dibuja nubes y cabalga en ellas hasta remotos territorios que no aparecen en los mapas y en los que todavía es posible correr una aventura.

Microrrelato maquinaria educativa

Escritura creativa 6 (Cuidado con el censor interno)

Sugerencias

Algunos de los principales obstáculos a los que nos enfrentamos cuando escribimos no son de orden técnico.
Ocurre, por ejemplo, con esa voz que escuchamos dentro de nosotros y que dice cosas como: ¿pero qué vas a escribir tú?, ¿qué vas a decir que no esté dicho?; ¡cuidado!, de eso no se habla; vamos, dedícate a algo más provechoso, tú no vales para esto, etc., etc.
No te preocupes, nos ocurre a todos. Se trata del censor interno, el controlador o, como yo le llamo, el aguafiestas, ese personaje que subido a nuestra chepa nos susurra o nos grita a la oreja toda clase de aseveraciones con el fin de desanimarnos.
Es un tipo pesado y cenizo que repite machaconamente sus argumentos para desmoralizarnos y hacer que tiremos la toalla.
Un buen truco es dejarle hablar, su discurso negativo te cansará pronto y de paso lo conocerás. De esa manera podrás estar alerta ante su aparición y aparcarlo fácilmente para que no te dé la monserga.
Ojo, no confundas a este muermo del aguafiestas con el corrector que todo creador lleva dentro y que será el encargado de revisar, corregir, tachar y pulir tus escritos hasta dejarlos lo más redondos y perfectos que puedas cuando entres en esa segunda fase de la escritura en la que se trata de terminar un borrador.
Otro de los problemas que solemos tener los que escribimos es la lucha entre la disciplina y la pereza y que nos lleva a encontrar todo tipo de justificaciones para no ponernos a escribir.
En esos casos es conveniente buscar un sistema eficaz para comenzar a escribir, para encender el motor. Aunque lo mejor es no complicar las cosas sencillas: cuando quieras escribir, escribe.
Que te cuesta, prueba a: comprometerte con alguien a pasarle tu escrito y que esa persona lo lea y te lo comente, si es eso lo que quieres; ponerte un horario, aunque sean diez minutos o media hora al día; escribir cuando no sueles hacerlo, por ejemplo, nada más levantarte; prueba a escribir y luego regálate con lo que más te guste, un paseo, un pastel, un rato de música, etc.; márcate una tarea a la semana o al mes y hazla, que no te importe la calidad, solo cumple con el compromiso que has adquirido contigo mismo.

Disparadores de escritura

  1. Convierte a tu censor interno, a tu controlador, en un personaje, mira cómo viste, dónde está, qué hace y qué dice, invítale a un café y hazle hablar.
  2. Algunas ideas para escribir cuando uno está en blanco, bloqueado:
    1. Comienza por la frase de un libro abierto al azar.
    2. Comienza por una frase que has escuchado en la calle.
    3. Forma palabras con las letras de otra palabra cualquiera y escribe a partir de ahí.
    4. Pide a alguien que te escriba cualquier tontería en tu cuaderno y escribe a partir de eso.
    5. Forma parejas de palabras bien contrastadas y ponlas en relación, lo que Gianni Rodari llamó “Binomio fantástico” en su libro “Gramática de la fantasía”.
    6. Haz collages de palabras y escribe a partir de ellos. En cualquier momento puede aparecer una historia, un personaje, una chispa desencadenante.
    7. Tira una palabra sobre el papel y asocia todo lo que se te ocurra asociar con esa palabra. A esto lo llamó Gianni Rodari “La palabra en el estanque”.
    8. Abre una carpeta de imágenes y vete metiendo las que te vayan tocado por lo que sea. Utilízalas para escribir cuando no sepas por dónde empezar.

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Juego y escritura, y 5

Para terminar con esta serie de “Juego y escritura”, una interesante apreciación de Vimala Rodgers en su libro de grafología: “Cambia tu escritura para cambiar tu vida“, ediciones Urano, descatalogado:

«Si preguntamos a un grupo de treinta niños de parvulario “¿Quién sabe dibujar?”, se alzarán treinta manos entusiastas. Los niños describirán todos a la vez lo que mejor saben dibujar. Incluso puede que agiten sus dibujos gritando “¡Mira! ¡Mira lo que he hecho!”. Si hacemos la misma pregunta a la misma clase, con los mismos alumnos, pero en la escuela secundaria, ¿cuántas manos se alzarán, aunque sean vacilantes? Tal vez dos. Hasta puede que tres. No es que la capacidad creativa haya desaparecido. Lo que sucede es que con los años formulamos normas comparativas de creatividad y juicios de valor externos, a lo cual sigue un silencio funeral.
«Muy temprano en la vida empezamos a definir la Creatividad según las normas instauradas universalmente. Creemos ser artistas, escritores, o artesanos hábiles, hasta que alguien nos dice: “¡Ni siquiera puede pintar sin salirte de la raya!”, “¡No tienes ni idea de ortografía!”, o “¿Y qué se supone que es eso?”. Interpretamos estos comentarios al azar como si fueran el Evangelio según los Mayores, y empezamos a renegar de nuestras capacidades creativas (…). Dejamos de dibujar o pintar, o dejamos de expresar nuestros sentimientos íntimos en poemas o en cuentos (…). Empezamos diciendo: “Qué pena. La verdad es que me gustaba mucho pintar”, o “Me sentía tan feliz cuando escribía poesía”, o “Modelar conejitos de barro me daba una gran sensación de bienestar”, y acabamos diciendo “Al fin y al cabo, ¿yo qué sé de estas cosas? Con nuestro último aliento creativo afirmamos, vacilantes, “Me gustaría hacerlo, pero debo estar equivocado” (…). Tras un profundo suspiro, empezamos a echar tierra sobre la tumba de nuestro yo creativo y lo sepultamos para siempre».

Hace unos días en el Taller, una de las participantes comentaba que su hijo de ocho años, al que le encanta contar y escribir cuentos e historias, la había visto escribiendo en casa con su libreta y su boli. ¿Qué haces, mamá?, preguntó el chaval. Escribiendo, contestó ella, es que estoy yendo a un taller para aprender a contar historias. Ja, dijo su hijo, yo ya sé contar historias. Y como suele ocurrir con los niños, dio en el clavo.
Todos sabemos contar historias; de hecho, nos pasamos la vida contándonos historias, lo que me ha ocurrido en el Mercadona, lo que me ha pasado en el trabajo, lo que sucedió en el último viaje que hice, lo que ha ocurrido en mi relación con fulanito. Somos animales narradores.
Por eso, al taller, como yo le digo a los participantes, no se viene a aprender, sino a desaprender, a quitarnos toda esa costra de juicios, convencionalismos, opiniones e ideas acerca de cómo hay que escribir; se viene a reconectar con nuestro niño creativo, ese que ya sabe y disfruta haciendo lo que sabe, a coger confianza en nuestra voz más natural y a dotarnos de valor para poner nuestro corazón al desnudo, para expresar lo que nos dé la real gana, para inventarnos las trolas más grandes y creérnoslas a pie juntillas y contarlas con el aplomo con que Homero contaba sus historias de guerras y odiseas y por lo cual Aristóteles dijo de él que “era el gran maestro en contar cosas falsas como es debido”.

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