Yo qué sé

Yo qué sé del bien,
yo qué sé del mal,
yo qué sé de ná,
yo estoy tó p’allá.
Yo qué sé de un plan
para el control mundial,
yo es que me hago pis
si leo El País.
Yo qué sé el porqué,
el porqué de ná,
tantas teorías
no sé para qué.
Yo qué sé del mundo
ni de tanta guerra,
yo no veo la tele
porque me marea.
Yo qué sé de Dios,
yo qué sé de Alá,
yo qué sé de Buda,
yo soy Forrets Gamp.
Yo qué sé de ti,
si no sé de mí,
déjate de penas
y vamos a reír.
Yo qué sé, mi amor,
si es bueno el jamón,
dame un besito
y luego un revolcón.
Yo qué sé del tiempo,
ni de lo eterno,
sé de este momento
y es lo que celebro.
Yo qué sé qué es bueno,
yo qué sé qué es malo,
yo ya no elijo,
yo ya no comparo.
Yo qué sé de adentro,
yo qué sé de afuera,
yo qué sé del pollo
que hay en mi nevera.
Yo me descoloco,
no sé si estoy loco,
pero sobre todo
no me como el coco.
Yo qué sé qué es cierto
o qué es puro cuento,
yo ya sólo creo
si lo experimento.
Yo soy un ignorante,
no tengo respuestas,
acaso me has visto
cara wikipedia.
No me des la monserga
con tanta seriedad,
la vida es una fiesta
y la voy a celebrar.
Yo qué sé quién soy
pero aquí estoy
y como un capullo
sigo floreciendo.

Poesía Yo qué sé

 

Cultiva tu talento literario, de Thaisa Frank y Dorothy Wall

Cultiva tu talento literario“, de Thaisa Frank y Dorothy Wall, publicado por Ediciones Urano (1ª edición, 1996), es un libro de escritura creativa aplicada a la narración de historias, ya sea en relatos o novelas.
Las autoras mantienen en su Introducción que la alquimia de la narración es imposible de explicar, ya que parte del proceso permanece inconsciente incluso para el propio escritor.
El libro está dividido en cuatro grandes capítulos: “La voz”, “La historia”, “La revisión” y un último capítulo de dicado a “Mantener viva la voz”.
“La voz –dicen las autoras– no es algo caprichoso. Es simplemente, el modo en que el escritor se proyecta en su arte, la forma en que recurre a sí mismo cuando escribe: su sentido del humor, su ironía, su manera de ver a la gente y los acontecimientos, de usar el lenguaje y entretener a los demás. Y también es el modo en que utiliza esas partes de sí mismo para contar una historia”.
Y añaden: “Se necesita tiempo y paciencia para pulir esa voz (…). Sin embargo, cuando a la voz natural se le permite llevar la iniciativa, el resultado es una historia con garra y espíritu“.
A partir de ahí, las autoras van desgranando en el primer capítulo la forma de conectar y liberar esa voz natural, cruda y espontánea, con múltiples ejercicios prácticos. La voz natural –nos dicen– “es la forma en que se escribe cuando no se tiene tiempo para ser elegante“.
En el segundo capítulo nos sugieren cómo utilizar esa voz “para dar forma a un relato que nadie más que uno pueda contar”. Acompañado también de numerosos ejercicios prácticos para trabajar los diferentes elementos de la narración: punto de vista, tono, atmósfera, argumento, trama, diálogo, personajes, etc.
El tercer capítulo, dedicado a la revisión del texto, es muy útil para enfocar una corrección que vaya de lo general a lo más concreto sin dejar de estar conectados con el “entusiasmo original de nuestra voz natural”.
El último capítulo, “Mantener viva la voz”, está lleno de sugerencias y propuestas prácticas para hacer que esa voz natural evolucione adentrándose y explorando territorios vírgenes, a través del proceso de prueba y error, así como con la escucha y el trabajo con la verdad y la mentira.
Thaisa Frank y Dorothy Wall, terminan su libro, “Cultiva tu talento literario“, recordándonos que, aunque los libros y maestros nos puedan ayudar a encontrar ese tesoro que llevamos todos dentro y que queremos compartir, “solo tú puedes escribir tus historias, sólo tú puedes descubrir cómo escribirlas. Crea tu propio modo de improvisar, al escribir y al vivir. Deconstruye este libro. Corónate como soberano: de tu vida, de tu voz, de tus historias”.

Cultiva tu talento literario, de Thaisa Frank y Dorothy Wall

Confesión

Y a mí qué, vamos que me da lo mismo. Que ni fu ni fa, que me da completamente igual el maltrato a la mujer, el agujero en la capa de ozono, las guerras; me la suda el hambre en el mundo, la crisis del euro, los muertos en la carreteras; me da lo mismo que las señoronas se hagan abrigos con los bebés focas, me la traen floja la sanidad y la educación públicas, los derechos universales o que acuchillen a un padre en Navidades cuando salía de comprar los reyes para su hijito; me importa una mierda la desaparición del lince, los crímenes cotidianos y los de lesa humanidad; no me quita el sueño ni el cielo ni el infierno ni Dios ni toda esa cohorte de demonios que se sientan en los gobiernos o en los consejos de administración; me importa un pimiento la pobreza, la tortura, el gobierno en la sombra y los millones de perfiles de facebook; me importa un huevo los tsunamis, los terremotos y las riadas que asolan comarcas enteras en la época del monzón. La verdad, estaría de siquiátrico, si todo eso me importara algo. Soy un tipo frío, a mí todo me deja helado. Es el estado en el que he nacido y en el que me gustaría permanecer. Aunque sé que eso es imposible. Llegará el calor y me derretiré. Y cuando eso ocurra, nadie llorará por compasión delante de un muñeco de nieve agonizando en mitad de un parque. Ya ves, lo que a unos nos da la vida, a otros los mata, como a ese mendigo tumbado en el banco que hay enfrente de mí, envuelto en periódicos y abrazado a su cartón de vino barato vacío. Al menos ha sido una muerte dulce, yo me abrasaré hasta terminar licuado en cuanto salga el sol.

Disparador de escritura

Venga, escribe a partir de lo contrario de lo que piensas y mira a ver a dónde te lleva. Juega hasta con tus principios, recuerda esa frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

Microrrelato confesión