Misiva de amor del vampiro

Qué quieres, querida, si me gusta comerte esa regla que tanto te disgusta. Fantasías de vampiro y tu sangre en mis labios como vino rojo. Qué quieres, si cada coágulo tuyo es una fresa madura deshaciéndose en mi boca. Esta noche, mi amor, llegaré hasta ti para cenarte. Licúate para mí, sacia esta sed mía tan sedienta. Qué quieres que te diga, amada mía, si estoy deseando que te llegue la menstrua y me sueño tampón y me sueño compresa.

Sangrientamente tuyo, V.

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La agencia

Había alquilado la habitación de siempre en el mismo hotel. Descolgó el teléfono y marcó el número de memoria. Siempre que había utilizado aquella agencia había quedado satisfecha. Ningún problema, máxima discreción. Hacía tiempo que venía recurriendo a este tipo de transacciones. Después de la separación fue la soledad y luego la marcha, pero se había cansado de los ligoteos de fin de semana, de aquellos maduritos poco interesantes y bastante alcoholizados y babosos o de esos jovencitos que le despertaban el sentimiento maternal, Dios mío qué estoy haciendo si podría ser mi hijo, por no hablar del dinero y es que entre cenas, cines, copas y demás se le iba una pasta. “Boy’s” resultaba a la larga más barato y en cuanto al trato y servicio no había ni punto de comparación entre esos aficionados de fin de semana y los profesionales de “Boy’s”. Y para remate una ventaja que quizás era la mayor: no había implicaciones sentimentales, todo se reducía al placer por el placer. Cuando escuchó que golpeaban la puerta de la habitación con los nudillos corrió a abrirla:
—¡Hijo
—Mamá.

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Por la boca muere el pez

Por la boca muere el pez me estaba diciendo el cabrón ése que está sentado al otro lado de la mesa, por la boca muere el pez me decía mientras untaba su tostada con kilos de mantequilla y miel, la misma miel a la que yo me había acercado loca de mí, cegada por la gula, relamiéndome golosa, la misma miel en la que ahora me encontraba atrapada, inmovilizada, a expensas de lo que ese tipo que se llevaba la tostada a la boca quisiera hacer conmigo, porque el cabrón se había dado cuenta de mi situación y no dejaba de repetir la mierda ésa de que por la boca muere el pez y no paraba de reírse mientras me acercaba su carota congestionada por la risa, y ahora qué, me decía una y otra vez, ahora qué, repetía sin dejar de zamparse a grandes bocados su tostada rebosante de mantequilla y miel, entre risotadas, atragantándose de la risa y de esa mierda de que por la boca muere el pez. Y yo ahí, atrapada, negra de coraje y miedo, y el tío ese ríe que te ríe, atragantándose, tosiendo, convulsionándose, sin apenas poder respirar mientras intenta vanamente incorporarse de su silla, ya sin aire, sin risa, sin esa mierda de que por la boca muere el pez. Y ahora qué, le digo yo mientras logro soltar mis patitas de la miel, ¿eh?, y ahora qué, listo, repito viéndolo agonizar, por la boca muere el pez.

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