La oración del reo

Gracias por tanto dolor,
por este error cometido,
por la oscuridad en que vivo.
Gracias por este infierno,
por la compañía de los asesinos,
por mi extravío en el laberinto.
Gracias por la adversidad,
por este tiempo de cenizas,
por tantas lágrimas vertidas.
Gracias por esta tortura,
por esta mazmorra,
por esta penumbra.
Gracias a lo apestado,
a lo indeseable,
a lo malquerido.
Gracias
porque, gracias a ello,
todo lo otro.

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la oración del reo

Cobaya

Primero fue la alopecia, luego una piorrea que le dejo mellados los dientes, a continuación una alteración metabólica que le llevó a los ciento setenta kilos de peso en cuestión de semanas, la hidrofobia le impedía lavarse en condiciones y el hedor era insoportable, se le habían caído las uñas y se le había escamado la piel, tenía la cara llena de ronchas y pústulas, los ojos se le vidriaron, la pirula amenazaba con caérsele a cachos, padecía de aerofagia y halitosis, y todo por aceptar aquel puesto en el Departamento de Microbiología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Qué carrerón, había pensado su mujer cuando le nombraron director de dicho Departamento.

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cobaya

El hermano Andrés

Esta mañana hemos enterrado al hermano Andrés y yo me he llevado otra amonestación del prior que me ha reprendido por mi insana curiosidad, así dice él, “insana”. También me abronca cuando me ve cruzar el claustro a toda prisa con los hábitos arremangados “como alma que lleva el Diablo”, eso dice siempre el prior. Yo creo que son cosas de la edad, soy joven y la sangre fluye deprisa en mis venas, ni el trabajo en el huerto ni el ayuno y la oración, ni siquiera el frío y la inclemencia de este riguroso invierno palentino me aplacan. Pero he de darle la razón al prior en que mi mayor defecto es la curiosidad, me interesa saberlo todo de la vida de otras personas empezando por la de los hermanos con los que convivo. Y para más inri, el silencio del hermano Andrés hacía que me picara más el gusanillo de la curiosidad. Entró con cerca de cincuenta años en el monasterio y se ha pasado los últimos doce años de su vida sin salir de aquí. Al principio intenté sonsacarle, pero el hermano Andrés rehuía mis preguntas con una respuesta absurda o un requiebro burlón, siempre pegado a su escoba, sin dejar nunca de barrer, que parecía que se hubiera casado con ella en vez de con Dios nuestro Señor. Por el hermano Ramón, encargado de la cocina, he logrado saber que el hermano Andrés había llevado una vida intensa, que fue un gran aventurero y dicen las malas lenguas que también un gran mujeriego. Incluso, dicen, estuvo enrolado en los Reales Tercios y llegó a alcanzar el grado de capitán. Yo no lo sé. La verdad es que el hermano Andrés tenía una estampa marcial, era alto, apuesto y estaba recio y fibroso para su edad, pero en sus ojos se mantenía ese fondo de tristeza que trataba de ocultar. Sin embargo, yo sabía que tenía que haber algo más aparte de las murmuraciones de comadre del hermano Ramón. Esta tarde, mientras recogía la celda del hermano Andrés, he encontrado bajo una loseta que se movía su cartapacio. Esta noche después del oficio de vísperas aprovecharé para leerlo, esta noche pecaré. ¿Quién era el hermano Andrés?

Cartapacio (extractos)

El fantasma del guerrero
atraviesa la estepa
envuelto en un sudario de hojas secas.

Sangra la noche
para alumbrar el sol.
Sangro silencio para encontrar mi voz.

El volcán que erupciona,
el terremoto que arrasa,
la inocente violencia que nos desbarata.

Despertar
del sueño que dormimos
cuando estamos despiertos.

Gracias a ese traspiés
en un momento de mi vida
fue que la conocí.

Porque hay momentos
en que hay que atreverse a los sueños
y eso al margen de cualquier razón.

El placer inmenso
de haber atravesado
a la bestia que uno lleva dentro.

Quedarte quieto, vacío, abierto,
dejar que te atraviese el misterio,
buscar las palabras tanteando como un ciego.

El tiempo es una esfera imperfecta
que fuera de mi cabeza no existe
y dentro no para de dar vueltas.

Un mundo de demonios terrenales,
de bosques de piedra con sátiros y brujas
revolotea en mi cabeza.

Todo regresa a las sombras,
soy un extraviado fantasma
en la frontera de las horas.

En el horizonte, Dios descansa
y mira incrédulo y perplejo
el espectáculo que un día puso en movimiento.

Azul el cielo, azul el mar,
azul mi deseo
de disolverme en ellos.

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el hermano Andrés