La sopa

Corría el tipo la bajo la lluvia con un paraguas roto, el agua le había calado hasta los huesos y terminó hecho una sopa, es una metáfora, claro, pero cuando entró en el Mercadona, con la única intención de guarecerse del chaparrón, se cruzó con una dependienta que no entendía de metáforas y que rápidamente lo colocó en la estantería de los caldos y las sopas. Llegó una rubia despampanante y lo echó al carro, solo costaba un euro veinte y cualquier rubia despampanante posee esa fortuna y más. Ya en casa, lo vertió sobre una cazuela de aluminio, diseño ikea, de esas que utilizan las rubias despampanantes y media humanidad. Encendió la vitrocerámica, porque las rubias despampanantes tienen vitrocerámica y no esas cocinas horteras de gas, y lo colocó allí, a fuego lento, para que se fuera calentando, mientras ella se desnudaba y se ponía cómoda, pero resultona, como se ponen las rubias despampanantes para esta por casa. Cuando estaba hirviendo, lo echó en un bol, porque las rubias despampanantes utilizan boles, no cuencos ni tazones, por dios, eso sí, diseño de ikea, que son los que utilizan las rubias despampanantes y media humanidad. Él estaba borboteando cuando ella acercó su naricilla de rubia despampanante al bol y exclamó ¡hummm!, qué rico huele este consomé de pollo, y es que las rubias despampanantes toman consomés, no sopas ni caldos. A continuación, metió la cuchara en el bol, se la llevó a la boca y tragó como tragan las rubias despampanantes lo que haya que tragar, ¡hummm!, delicioso. Él no se podía creer que estuviera ahí, en la boca perfecta de una rubia despampanante, y solo esófago abajo empezó a tomar conciencia, por primera vez, de su destino final, esa cámara de los horrores donde ardería hasta desaparecer corroído por los jugos gástricos de la rubia despampanante, que eran igual de corrosivos que los del resto de la humanidad. Aunque se consoló pensando que, aun hecho mierda, y esto no es una metáfora, por fin iba a poder contemplar de cerca el apetitoso culo de una rubia despampanante.

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Confesión

Y a mí qué, vamos que me da lo mismo. Que ni fu ni fa, que me da completamente igual el maltrato a la mujer, el agujero en la capa de ozono, las guerras; me la suda el hambre en el mundo, la crisis del euro, los muertos en la carreteras; me da lo mismo que las señoronas se hagan abrigos con los bebés focas, me la traen floja la sanidad y la educación públicas, los derechos universales o que acuchillen a un padre en Navidades cuando salía de comprar los reyes para su hijito; me importa una mierda la desaparición del lince, los crímenes cotidianos y los de lesa humanidad; no me quita el sueño ni el cielo ni el infierno ni Dios ni toda esa cohorte de demonios que se sientan en los gobiernos o en los consejos de administración; me importa un pimiento la pobreza, la tortura, el gobierno en la sombra y los millones de perfiles de facebook; me importa un huevo los tsunamis, los terremotos y las riadas que asolan comarcas enteras en la época del monzón. La verdad, estaría de siquiátrico, si todo eso me importara algo. Soy un tipo frío, a mí todo me deja helado. Es el estado en el que he nacido y en el que me gustaría permanecer. Aunque sé que eso es imposible. Llegará el calor y me derretiré. Y cuando eso ocurra, nadie llorará por compasión delante de un muñeco de nieve agonizando en mitad de un parque. Ya ves, lo que a unos nos da la vida, a otros los mata, como a ese mendigo tumbado en el banco que hay enfrente de mí, envuelto en periódicos y abrazado a su cartón de vino barato vacío. Al menos ha sido una muerte dulce, yo me abrasaré hasta terminar licuado en cuanto salga el sol.

Disparador de escritura

Venga, escribe a partir de lo contrario de lo que piensas y mira a ver a dónde te lleva. Juega hasta con tus principios, recuerda esa frase de Groucho Marx: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

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Maquinaria educativa

Caen desesperadas multiplicaciones sobre pupitres carcomidos por un aburrimiento inmenso. La voz que enseña se pierde entre calcetines sudorosos y bostezos. La pizarra querría viajar lejos, a una isla paradisíaca para tumbarse al sol y tomarse una piña colada. Hay en el aula niños con alas cortadas y una caja de cartón en la cabeza. Nadie recuerda cómo llegó hasta allí, ni los niños ni la pizarra ni esa voz que olvidó hace mucho lo que enseñaba. Tal vez si alguien abriera una rendija, piensa el viejo mapa con olor a moho, entraría un poco de aire fresco entre tanto polvo de tiza y se agitarían las perchas vacías de futuro de las que cuelgan abrigos como espantapájaros. Pero nadie se atreve con el cascabel y mucho menos con el gato. Preferimos la ceniza de los días y seguir girando en la absurda noria. Bueno, Leo no lo prefiere, él dibuja nubes y cabalga en ellas hasta remotos territorios que no aparecen en los mapas y en los que todavía es posible correr una aventura.

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