Traidor

Traicioné a mi familia
que esperaba un higo
y fui a salir pera.
Traicioné a mis colegas
solo para que me llamaran
apestosa comadreja.
Traicioné a mis amantes
con la venenosa serpiente
con la que cohabito.
Traicioné a mi equipo
lo que es el sumun
para cualquier tipo.
Traicioné a Dios
consigo mismo
y lo tengo hecho un lío.
Y puestos a traicionar
en toda regla,
como Dios manda
y las Ordenanzas ordenan,
traicioné a mis ideas
y las abandoné
en medio de la vereda,
traicioné a mi sombra
por mentecata
y por calavera.
Y para rematar la faena
me he traicionado a mí mismo
y me he dejado por ahí tirado
como una tarde de domingo.

Por una literatura payasa

 

Señal de precaución

Cuidado, amigo, con esa boca
que se te desboca,
a ver si apuntas, sacapuntas,
que te hago trizas con esta tiza.
Si vuelves quemado de tu noche oscura,
escupe al viento tu dentadura
como si fuera un güito de aceituna,
desecha tu sueño de estropajo
y mira dentro por si acaso.
Una gota de aceite tiene más luz
que un lumbreras dentro de su baúl,
cómprate un pito y marca el hito
en el calendario de tu propio mito
y si quieres santos, baila a San Vito.

Por una literatura payasa

 

A la espera

Sentado sobre el muro
escupo huesos de aceituna
sobre los sombreros negros
de los traficantes del miedo.
Pincho un globo rojo
y una niña me regala
su risa cómplice
en el aire trenzada.
Me columpio como un fantasma
en el alambre de los días
y la nata de otros besos
es lo que ahora me alivia.
Silbo a los pájaros negros
que tontos se desorientan
entre antenas parabólicas
y una arquitectura de tristeza.
Me pongo mi nariz de payaso
y estrujo cristales en mi pecho
para que sangren los semáforos
y las calles se vuelvan peatonales.
Y es que están cayendo racimos de uvas
sobre catedrales de paja
que fermentarán la entraña
de otro cielo y otra tierra.
En ese día, los tejados de las casas
sobrevolarán las crestas
de las gallinas cluecas.
La humanidad volverá a su cauce
porque la alopecia
se habrá apoderado
de los intelectuales.
Esa demoledora visión
perturbará a las autoridades
que congelarán los precios
y dimitirán en masa.
Las señales están ahí:
las de tráfico,
las de nuestros descalabros
y, sobre todo, esa señal
que da el teléfono al descolgarlo.
Solo hay que saber interpretarlas.

Por una literatura payasa