Uri, el Suizo

Harto de errancia y de muerte, habiendo recorrido todos los caminos, habiendo servido bajo todas las banderas y habiendo luchado en todas las guerras de la vieja Europa, lejos de las montañas de su infancia, con un inmenso deseo de vacío y olvido en su alma, Uri, apodado en los Tercios el Suizo, llegó a tierras del sur de España, protegidas por Dios de la mano del hombre, de pura casualidad. Lejos por fin de los deseos y las pasiones pudo descansar de tanta insensata guerra. Una choza de barro al lado de las chumberas y un horizonte azul surcado por barcos que no osaban acercarse a unos acantilados a los que sólo llegaban los restos de todos los naufragios y en los que Uri vivía retirado de toda empresa. Nada que hacer salvo ir desprendiéndose de los fantasmas que todavía lo habitaban y que durante mucho tiempo falsamente creyó que conformaban su vida; nada que hacer sino volverse piedra inerte de esos riscos que besaban el mar, catedral de sonidos, brisas que le acariciaban el alma y olas que rompían mansamente en noches sin luna de estío. Su pelo, en otro tiempo rubio y enmarañado, se había vuelto ralo y cano, la barba le había crecido y Uri había encontrado al Dios del que tanto había blasfemado y contra el que había vivido en el olor dulzón del chiringo. Guardaba su espada como único recuerdo de un pasado que dudaba hubiera sido el suyo y la guardaba para impedir, incluso con la muerte si fuera necesario, cualquier cercanía de lo humano a ese silencio que le había devuelto la paz.

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Uri, el Suizo

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